Lugar: Palacio de la Lonja, Zaragoza
Fecha: Junio 1988
Texto: Juan Manuel Bonet
Paginas: 92
Imágenes: 41

 
   
 
   
 

 

IMAGEN PRIMERA DE JUAN SOTOMAYOR
JUAN MANUEL BONET

Juan Sotomayor, aunque jiennense –de Villanueva del Arzobispo- de nacimiento, lleva varios años residiendo en Zaragoza, donde ha participado en algunas colectivas, y donde acabo de ver sus últimos cuadros, que ahora colgará en la Lonja. Nunca es lo más importante en arte de dónde sea un creador, ni dónde trabaje, y sin embargo me parece que para una ciudad como Zaragoza es importante que haya surgido en ella un pintor como éste, y para que la salud cultural de esta ciudad es también importante que a alguien se le haya ocurrido la idea de ofrecerle –prematuramente, qué duda cabe, pero ese es preferible a la manía tan española de que todo llegue tardía, cuando no póstumamente –exponer individualmente en el austero e imponente espacio de la Lonja.

Sotomayor, que como pintor ambiciosos que es, sabe que esto de los paisajes es transitorio, ya está haciendo las maletas para venirse a vivir a Madrid, a este Madrid artístico de barojiana “lucha por la vida” al que cada año acuden decenas, si no centenares, de artistas jóvenes y no tan jóvenes de toda España. La exposición de Zaragoza, por lo tanto, es una suerte de “adiós a todo eso”, una mirada atrás antes de seguir adelante con pie firme.

Lo primero que se advierte al entrar en el taller de Sotomayor, un taller en pleno centro de la capital aragonesa, sin ningún signo exterior particular, como hay tantos en España, es que ha decidido sacrificarlo todo a la pintura. Atrás quedaron la provincia natal y, ya en Zaragoza, los estudios de medicina -¡o eran de derecho?-. El piso se ha quedado pequeño: todas las habitaciones están abarrotadas de cuadros.

Otra cosa que se advierte enseguida es que éste no es uno de esos tipos que le dedican unos minutos al día a pintar, y el resto al oficio de vivir –que tampoco es mal proyecto-; ni uno de esos tranquilos pintores-poetas –quiero decir: de pintores con alma y “sistema” de poeta- que sólo ocasionalmente, cuando hay urgencia en el decir, se acercan al lienzo y dejan caer en él una idea feliz. Él, por el contrario, es cotidianamente pintor. Es de esos artistas que no se fían de la inspiración, y que por lo tanto la invitan a visitarlos, la provocan, provocan el azar a base de perseguirlo constantemente. Claro que esa persecución, esa búsqueda, que comportan no poco de automatismo, le obligan luego al máximo rigor a la hora de seleccionar, de dar por terminado o por válido un cuadro. El automatismo, ya se sabe, es siempre de raíz surrealista, y el surrealismo, siempre le viene bien, en el quehacer de un pintor, un contrapunto.

Como no pocos de los nombres más interesantes de nuestra escena, como Tàpies, Broto –que no hace mucho ocupó este mismo espacio de la Lonja- o Sicilia entre los ya reconocidos, o como rosa Brun o Pedro Castrortega entre los que han celebrado a lo largdo de esta temporada madrileña su primera individual, Sotomayor anda actualmente dándole vueltas, en sus cuadros, a un proyecto difícil, pero atractivo: el conciliar la acción y el orden, la intuición y la razón. Muchos d estos cuadros nos hablan de eso, del desbordamiento de unos esquemas. Otros nacen, rizando el rizo, del enfriamiento de esa efusión. “Creación –por decirlo con sus propias palabras en el catálogo de una reciente colectiva Zaragoza- de un equilibrio  inestable, siempre amenazado, en el juego de las fuerzas contendientes”.

Equidistante pues del neo-expresionismo abstracto tal como se podría practicar alrededor de 1980, y de las neo-geometrías frías que hoy por desgracia tanto se llevan, Sotomayor tiene claro que lo suyo es encontrar la manera de seguir pintando entre esos dos polos: encontrar los pretextos, los apoyos que le faciliten esa voluntad pictórica.

Su sistema, por lo tanto, su manera de trabajar, diría que hasta su empleo del tiempo están en función estricta de esos objetivos. Forma, escala, gesto, materia, color, puntos de apoyo vagamente figurativos: nada está dejado al azar, e incluso, como ya he indicado, la presencia de este último es un factor “previsto”, quiero decir, un factor provocado.

Lo primero que nos sorprende en estos cuadros es, precisamente, la materia d que están hechos: su hermosa superficie. No se trata de una pintura plana, pero tampoco de una materia grumosa y terrosa a los años cincuenta o –por venirnos más cerca- a lo Barceló. Se advierte especial cuidado en la preparación, en la búsqueda de una superficie glaceada, tensa, uniforme y contenidamente expresiva: ni un punto mas sosa, ni un punto más elocuente de lo que el pintor la ha considerado necesario. Páramo, tierra baldía de la pintura.

En cuanto a las formas, a los pretextos, lo más evidente es que, en la búsqueda de lo que él llama en el texto antes citado el “equilibro inestable”, se contraponen la pura gestualidad, la pura acción, a base de drippings pollockianos o vedovescos- o saurescos: hay un cuadro tormentoso, en ocres, que me recuerda los mejores cuadros del Saura anterior a El Paso-, y la construcción, a base de la delimitación geométrica de ciertas zonas del cuadro: bandas paralelas a los bordes, inscripción de rectángulos o cuadrados de un color encendido –azul marino, verde esmeralda, rojo casi naranja- que rompe con el color más apagado, más barrido, más lleno de profundidades misteriosas e insondables que domina en la base del cuadro. Arte del contrapunto.

Esto en cuanto a las líneas maestras. Pero también hay que fijarse en cuestiones más de detalle, como pueden ser una suerte de regueros o filamentos de pintura, que según estén más o menos perfilados se nos aparecen como eso, como simples accidentes pictóricos, o por el contrario como perfiles intencionados: tal vez perfiles de troncos. Ese recurso, de que por momentos el pintor llega incluso a abusar –como abusa, en otros cuadros, de unos pequeños triángulos, con algo de piedras-, hay que entenderlo como una suerte de elemento distanciador, evidenciador de lo consciente de su actitud.

Si lo primero que nos sorprendía en esta pintura era, su materia glaceada, expresiva y a la vez neutra, a la postre lo que la hace inconfundible, lo que la distingue, lo que nos va a quedar en la memora, son los colores en juego. Los colores que animan este sistema, que lo tensan. Negros de ceniza, blancos y grises invernales, pardos, ocres, oros viejos con brillo de iconos en la oscuridad, púrpuras, verdes de musgo, dialogan aquí con los verdes esmeraldas o los rojos vivos o los azules antes mencionados: por este lado sí que es fácil darse cuenta de que Sotomayor lleva la pintura en la sangre, y de que su proyecto, por encima de cuál pueda ser hoy por hoy el sistema adoptado, o de cuál pueda ser el día de mañana, es un proyecto de pintor.

Tàpies, Broto, Sicilia: si he mencionado a estos tres grandes artitas españoles, tan distintos entre sí en lo formal, pero en realidad tan cercanos en el plano de las intenciones, es porque me parece que, aunque en la pintura Sotomayor sea menor la carga simbólica, es en esa tradición de libertad y rigor en la que se inscribe, y a la que contribuye ya con cuadros que son algo más que una promesa. Como esos pintores que le han precedido, él busca el modo de continuar un oficio que es su razón de vivir, y de continuarlo desde la conciencia de la tierra baldía, del tiempo en crisis en que vivimos. Como ellos, antepone esa búsqueda a todo lo demás. Como ellos, hace una pintura cuya esencia se resiste a la descripción y al análisis formales – a los que resulta inevitable, sin embargo, recurrir para acercarse a ella, como a toda pintura-, y que para desplegarse necesita espacios amplios: por ejemplo éste de la Lonja.

 

 

 
 
 

índex | obra reciente | contacto

-