Lugar: Galería Fernando Latorre, Madrid
Fecha: Abril Mayo 2004
Texto: Javier Hontoria
Páginas: 36
Imágenes: 12

 
   
 
   
 



Recorridos circulares
Javier Hontoria

La línea de trabajo que Juan Sotomayor ha venido cultivando desde hace unos años se puede identificar con el quehacer del científico, con la tarea rigurosa y metódica del investigador en busca de certezas ocultas, realidades que afloran sólo con el favor del tiempo y la atenta concentración. Su actividad pictórica está apoyada en el estudio de las propiedades de la luz, de su comportamiento sobre la superficie. Pero también tiene mucho de juego, de experiencia lúdica consistente en controlar el azar, atraparlo y contenerlo para finalmente, y este es el objetivo primordial, dominarlo de manera absoluta. Porque el pintor parece tenderle trampas a la luz, ponerla a prueba para comprobar su reacción en un juego que es el cuento de nunca acabar. Y es que la luz posee recursos infinitos para engañar el ojo humano. Sotomayor lo sabe y utiliza sus mismas armas para sorprender al espectador, los mismos trucos y estratagemas para situarlo en esa esfera de incertidumbre que es la experiencia de la contemplación. El ejercicio pictórico de Sotomayor es claramente sistemático. Desde mediados de los noventa ha conformado un sólido conjunto de obras basado en un mismo modelo, un patrón formal del que continúa extrayendo resultados satisfactorios

Sotomayor realiza movimientos que expresan un recorrido horizontal propiciando un modo de percibir el plano parecido al ejercicio de leer. El pintor aplica la pintura organizando un sistema de franjas horizontales paralelas sobre las que actúa suavemente, una y otra vez, superponiendo las diferentes capas. Así, esta reiteración produce un paisaje de resonancias líricas, una extensión de raíz abstracta que deja traslucir matices diversos, a través de cada capa, a modo de palimpsesto emocional. Estas franjas han ido adquiriendo una notable consistencia a partir de este ejercicio de repetición hasta que el pintor completa la totalidad de la superficie. Pero en contra de lo que pudiera parecer, esta es solamente la mitad del proceso, el ecuador del trayecto en la obra de Sotomayor. Es en este inminente recorrido de vuelta, este desandar lo andado, cuando han de encontrarse las claves de esta pintura, al emprender el camino hacia la no-pintura.

Sotomayor vuelve sobre lo pintado para deshacer esos paisajes recién creados. Es la corta vida de la pintura. Como la de las huellas en la orilla de la playa, deformadas sistemáticamente por la acción de las olas, estos trazos comienzan lentamente a diluirse, como si avanzaran hacia su progresiva desaparición. Para el artista, esta es la parte más divertida del juego. Al eliminar el cromatismo de ciertos sectores de la superficie, Sotomayor va encontrando realidades nuevas que crean una gran variedad de contrastes lumínicos y, por encima de todo, liberan definitivamente a la protagonista principal del juego: la trama vertical. Podríamos decir que estas tramas verticales que ahora se suceden sobre las franjas de pintura horizontal han vivido hasta ahora en cautividad. Ha sido a partir de la negación de la identidad del paisaje lírico cuando estas pequeñas tramas han salido a la luz. La negación y disolución de la pintura horizontal supone el nacimiento del orden vertical. Ahora, estos signos jalonan la marcada unidireccionalidad anterior generando todo un sistema de ritmos, una lectura acompasada de la superficie.

El enfrentamiento entre lo horizontal y lo vertical se remonta al principio mismo de la abstracción. Las resonancias más evidentes son las obras que Piet Mondrian realizó hacia 1915 donde la pintura se reducía a líneas horizontales y verticales en una interpretación de los postulados teosóficos. El ritmo en la obra de Sotomayor incide en su propio carácter perceptivo y, por ende, en una exaltación de lo visual que puede entenderse desde el prisma de lo musical. Y es que estas franjas acompasadas semejan también pentagramas, con sus lecturas arrítmicas, sincopadas. Pero la intención principal de Sotomayor no es la continua interrupción de la lectura del plano y el consecuente reordenamiento de la superficie del lienzo sino la investigación sobre las propiedades pictóricas de este pequeño signo vertical que es, esencialmente, el principio básico de sus cuadros.

Porque el pintor, en su camino de vuelta, nunca completado, hacia la no-pintura, ve como surgen las tímidas franjas verticales por la acción del agua sobre la superficie. Esta paradoja, la de la no-pintura generando la imagen deseada, es central en el trabajo de Juan Sotomayor, es la esencia del juego, su objetivo final. El pintor utiliza el agua para liberar a las pequeñas trazas del color pero no eliminándolo del todo sino creando intensidades desiguales. Las franjas verticales se convierten así en pequeños espacios receptores de luz que aúnan diferentes niveles lumínicos. Este es el momento clave para Sotomayor, es aquí donde convergen todos sus trucos y estrategias. Desde sus primeras pinturas, el artista ha insistido en su interés por controlar el azar, por comprobar la reacción de la pintura al contacto con el agua y el consiguiente devenir lumínico. La superficie es ahora un plano dinámico, un campo de marcado aire poético que aparece salpicado de vibrantes golpes de luz. Y es aquí donde termina el juego. En el momento en el que el artista consigue desvelar los diversos estadios de luminosidad y dominar, en definitiva, sus caprichosos impulsos.

 

 
 
 

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